Hola a todos:

“¿Qué tiene que ver no levantarse en las comidas, vestirse solo o dormir a la hora fijada con la agresividad?”,  dicen muchos de los padres capaces de preocuparse porque su hijo no sea agredido, pero menos por conseguir que no se convierta en agresor. Hablamos de tolerar la frustración.

Aunque agresividad sentimos todos en algún momento, no todos aprendemos a canalizarla. Solucionar conflictos sin que medie la agresión (verbal o física) es un aprendizaje que se inicia la primera vez que decimos NO a nuestro hijo y lo mantenemos. Solo así aprenderá que las cosas no son siempre como quiere  ni en el momento que las pide, y que los demás no están a su disposición permanentemente.

Es fácil caer en la tentación de darle caprichos al pequeño para que pare de llorar insistentemente y no es tan fácil decirle que no hay móvil de última generación cuando con 15 te lo exige.

En educación no tenemos vacunas, pero si las hubiera, el antídoto contra la agresividad sería la tolerancia a la frustración. Ese sentimiento de enfado o ira cuando algo no sale como nos gustaría, pero que  nos lleva a esforzarnos más en conseguirlo la próxima vez que lo intentemos.

Quién desarrolla esta capacidad es que le han permitido experiencias donde las cosas no salían como quería, ha tenido que esperar a las notas para conseguir la bici o le han obligado a abandonar conversaciones telefónicas porque había que cenar. En definitiva, escuchó un  No y lo mantuvieron, aunque quienes lo dijeran entendiera su colosal enfado.

Cuando tienes la seguridad de que hay que negar algo no asusta la reacción del hijo, la entiendes. Lo dices con firmeza aunque te tiemble el pulso porque sabes que cuando no se han puesto límites el niño crece desprotegido e inseguro, que es lo que muchas veces lleva a utilizar la agresión como forma de comportamiento habitual.

Nadie quiere ser agredido pero es labor de todos evitarlo educando.

Un saludo

Rocío Ramos-Paúl Salto

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